پابلو مارتین بنویدس: “No puedo jugar al golf sin saber dónde están mis hijos”


Translating…

AFP

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Llevo dos años y medio viviendo una tortura y ni siquiera sé si mis hijos están vivos. No hay derecho. Obviamente el golf es la última de mis prioridades ahora mismo. No puedo jugar sin saber dónde están los niños. He perdido las fuerzas y las esperanzas”.

La que se escucha a través del teléfono no deja de ser una versión de parte. La de Pablo Martín Benavides. Para tener una visión completa de la historia habría que conocer la de Josefine, su expareja, y, posiblemente, habría que sumergirse en el laberinto judicial sueco. No se trata aquí pues de llegar a juicios de valor respecto a las razones por las que una familia se viene abajo, sino de atender a la vicisitud de un deportista que iba a serlo prácticamente todo y que se ha quedado en prácticamente nada.

Pablo cogió su primer palo a tierna edad, no podía ser de otra manera entendiendo que, como él dice, creció en un campo de golf. Pablo era un niño prodigio del deporte español. Pablo ganó el British Boys a los 15 años. Pablo se convirtió en el primer amateur que ganaba un torneo del circuito europeo profesional, aquel Open de Portugal disputado en 2007. Pablo firmó un gran contrato con Nike. Pablo rubricó también un vínculo con IMG, posiblemente la agencia de representación de deportistas más importante del planeta. Pablo iba a ser el número 1 del mundo. Pablo iba a ser, en lo que a España respecta, el siguiente Sergio García. Pablo aún se embolsó otros dos títulos, ambos en el Alfred Dunhill Championship. Pablo. Pablo. Pablo…

Han pasado los años y el golf no ha esperado a Pablo, que anda a golpes con la vida. Pablo habla con Primera Plana desde Fuengirola. Tiene tanto interés por que su mensaje llegue que pide al periodista unos minutos para ponerse a cubierto, toda vez que el viento de la playa por la que camina dificulta la conversación. “Estoy tirado en la que era casa de mi abuela, viviendo con mi hermano. Intento rehacer mi vida y concentrarme, pero no puedo. El golf lo tengo bastante abandonado”. La comunicación se establece de nuevo y lo que pasa después es que nuestro protagonista se convierte durante algo más de una hora en un torrente. Quiere decir tantas cosas…

Su interlocutor trata continuamente de reorientar la conversación hacia el golf. Sin demasiada suerte, todo hay que decirlo… “Yo era el tercer hijo, tengo una hermana y el hermano que te he comentado ya, y prácticamente crecí en el campo de Guadalhorce. Conseguí una beca en América [Universidad de Oklahoma, concretamente] y en 2007 era el número uno del mundo en aficionados. Recibí un par de invitaciones para jugar el circuito europeo en abril y tuve la chamba de ganar un torneo con 20 años. A los pocos meses pasé a ser profesional. Era complicado mantener la tarjeta, pero aun así seguí compitiendo y conquisté un par de títulos más… En un torneo de Suecia conocí a esta chica [Josefine]. Empezamos a salir y se fue consolidando la relación hasta que se quedó embarazada. Estuve un tiempo fuera de la competición porque no quería perderme a mi hijo. Deseaba echar una mano, dedicarme a la familia… En marzo de 2013 nació Max y seguí unos meses sin jugar o haciéndolo bastante poco y bastante mal. El año siguiente ya entrené con la intención de meterme otra vez en el Tour. Era un proceso lento, pero estaba contento. Jugaba en la segunda división, pero familiarmente no había problema alguno”.

Un momento… ¿ningún problema?

“Bueno, ella se había encaprichado de una casa y yo le dije que con 27 años no podía comprarla, que era muy cara. Hubo una escena y me dijo que la casa o no ver al niño. La compré. Mi madre y mi hermana me querían matar. Con el tiempo he comprendido que fue una cagada absoluta”.

La historia da un salto hasta 2017. Recién estrenado el año nace Alba, segunda hija de Pablo y Josefine. “Seguía buscando meterme en la élite. Recuerdo que hice una entrevista con MARCA en la que contaba que me había ido a vivir en Suecia, que ya tenía dos críos… Hacía malabares para entrenar, porque allí el clima lo impide desde octubre hasta abril, así que me venía a España o jugaba en Sudáfrica. Cuando se acercaba un nuevo invierno pensé que teníamos que pasar más tiempo en mi país. Quería que los niños conocieran la cultura y el idioma, que vieran a sus primos… no era nada fuera de lo normal. Antes de irme pasé una semana en Ikea, porque ella insistía en hacer una reforma en casa, pero el 22 de septiembre cargué la furgoneta con las bicicletas de los niños y con mis cosas. Tenía la idea de jugar un torneo de camino, en el norte, y de preparar las oposiciones para las grandes ligas. Estaba agobiado por el dinero. Gastábamos mucho, yo lo pagaba todo y aún no había conseguido entrar en el Tour. Por ponerte un ejemplo, si jugaba en Irlanda y quedaba vigésimo, que no está mal, aún me salían a perder unos 1.000 euros. Bueno, la teoría era que en un par de semanas nos íbamos a encontrar todos otra vez…”

La teoría, sí, porque la siguiente frase impresiona incluso en el contexto de un discurso que ya parece duro: “Llevo dos años y medio sin vivir con mis hijos o verlos con regularidad. 891 días, concretamente“.

Parece evidente que los planes de aquel viaje no salieron, también que Pablo se dispone a explicar los motivos. O sus motivos, por seguir avanzando con pies de plomo a través de este reportaje: “Descubrí que me estaba engañando a través de una página de internet [se refiere a Ashley Madison, ésa que maneja como lema ‘la vida es corta; ten una aventura’) y cometí el error de decírselo por Skype. Ella lo negó y comenzó a acusarme de haberlos abandonado. Le pedí que pasara lo que pasara con nuestra relación no metiera a los niños, pero enseguida los usó como arma. O no me los pasaba por teléfono o cortaba la llamada cuando estaba hablando con ellos. También le dijo a mi familia que me quería suicidar o que era agresivo. ‘Pablo necesita ayuda, lleva muchos años dado tumbos, debe ver a un psicólogo…’ La primera abogada con la que hablé ya me avisó de que no me sorprendiera si era denunciado. A todo esto jugué en noviembre para regresar al Tour… y nada, claro”.

Por fin vuelve el golf a lo que ya es prácticamente monólogo, las cosas como son, aunque apenas durará un suspiro: “Al volver a Suecia descubro que se ha ido de casa, con nuestros hijos, y que ha cambiado la alarma. Viene la policía y me interroga. Acabo en un hotel, porque no puedo estar en mi domicilio. Efectivamente, denuncia que yo abusaba de los niños. Se abre un protocolo, que es como si se abrieran las puertas del infierno. Además había hablado con todo el mundo y les había convencido. Unos amigos íntimos se presentaron para decirme que me estaban esperando los del psiquiátrico de Estocolmo. Me culpaban…

Se hace a partir de ahora un esfuerzo de concisión, porque Pablo abunda en detalles: “Me vuelvo a España y en diciembre me informan de que puedo ver a mis hijos… con un asistente social. Se establece un protocolo de llamadas y visitas, pero enseguida empiezan las manipulaciones. Hoy, no; mañana, tampoco… Se cancelan hasta 32 de esas visitas, alguna cuando ya estoy volando. Me quejo… y ella también: dice que soy muy agresivo con los niños. Hay testigos que pretenden ayudarme, pero les amenazan con echarles de sus puestos de trabajo. Me acusa de que el 12 de octubre de 2018 he entrado en su casa y la he amenazado de muerte. Era el cumpleaños de mi hermano y yo estaba en Málaga, pero no me permiten mostrar las evidencias cuando lo intento. Pasan meses con protección policial e identidad secreta. Yo me siento frustrado y ella presenta esa frustración como ejemplo de que no estoy bien psicológicamente. Exploto cuando los abogados me insisten en que respete el protocolo y me entero de que me están aplicando, por ejemplo, el mismo que a un hombre que ha asesinado a su mujer y ha pasado siete años en la cárcel por ello.Usted es agresivo, insisten. Oiga, es que son mis hijos… La última vez que les vi fue en mayo”.

Hace unos párrafos aseguraba que se había quedado sin esperanzas, pero Pablo las apura en el alegato final: “Sigo peleando. Cada noche me despierto y no puedo creerme esto, porque son dos años y medio perdidos ya. Los primeros pasos de la niña, los dientes que les salen, las navidades, el colegio… En Suecia todo el mundo piensa que soy un criminal, pero yo no he hecho nada. Lo único que quiero es estar con mis hijos”.

¿Y, en fin, el golf? “Sigo a Rahm. Es impresionante lo que está haciendo, es una bestia… También a Rafa Cabrera, Pablo Larrazabal o Gonzalo Fernández Castaño“. Al que como golfista nadie puede seguir ahora es al propio Pablo Martín. ¿Definitivo? “Ha sido mi vida y trataré de retomarlo de alguna manera”. Ahí está la historia. Su historia. La de un auge y caída. La de un golfista.

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